Allá a finales de los años 70, en uno de mis constantes viajes de trabajo, llegaba a la hermosa ciudad de Bogotá.Mi buen amigo Hernando Clavijo, como siempre, me recibía con esa hermosamente aplastante hospitalidad de los colombianos y después de llevarme al hotel, me indicó iríamos a juntarnos y cenar con un grupo de amigos.
Camino del lugar me aclaró que era una cena del Rotary Club en la cual su joven yerno daría una charla acerca de la coyuntura económica de Colombia.
Por aquellos años, si bien eran conocidos los carteles de la droga, esta se centraba en mercados importantes, tales como Estados Unidos o Europa, pero tanto en Colombia como en el resto de Latinoamérica no existía el rampante consumo de hoy día.
El joven, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, ocupaba uno de los puestos más altos en el ministerio de economía y comenzó hablando de la presiones que recibía el gobierno por parte de los Estados Unidos con objeto de controlar las enormes plantaciones de marihuana existentes en la Guajira Colombiana, donde los agricultores disponían de incontrolada acción para la exportación de su producto
El dilema era que, para hacerlo, Colombia necesitaba armarse y el ejército no estaba en condiciones y mucho menos la Policía, ya que enfrentarlos implicaba una inversión en armamento, del más moderno, con objeto de estar a la par del enemigo.
Si bien los Estados Unidos estaban dispuestos a pagar la cuenta, esto no satisfacía a nuestro joven economista, pues había una especie de “status quo” entre los “agricultores” y el gobierno de no entrometerse en los negocios del otro y hacerlo traería un desbalance de fuerzas, en lo social y lo militar.
Como buen economista, indicó que después de todo, el beneficio de las “exportaciones no tradicionales” se empezaban a ver en la costa norte ya que parte de las divisas se invertían en infraestructura local.
Sin embargo, por otro lado, dejó entrever su preocupación: Si bien no tenía cifras exactas, el volumen de dinero que movían estas exportaciones se comparaba a un alto porcentaje del PIB de la nación. Esto traía consigo que existía y no dudaba de su importante aumento futuro, de un movimiento de capitales de notable importancia, incontrolados por el fisco colombiano.
Como consecuencia esto estaría llevando a un gran desequilibrio económico en el país.
Ante los atónitos oídos de su audiencia propuso: Yo veo como única solución de presente y de futuro a este problema, la legalización de las drogas blandas.
Las razones que dio eran simples, todo aquel que quiera drogarse lo va a hacer y no le va a importar el precio. Controlar el consumo y erradicación de los carteles de las drogas.
A partir de ese momento continuó explicando las series de controles que se deberían aplicar para poner en prática su idea y su presentación, si bien fue un shock en su momento, acabó dejando al auditorio en estado de meditación.
Parece ser que el aventajado economista no siguió en su puesto por mucho tiempo, pues poco después el gobierno tomó la otra alternativa.
Desde entonces y a la vista de los resultados que premonitoriamente anunciaba el joven economista, he llegado cada vez más a la conclusión que tenía toda la razón. Claro, nunca lo he dicho por no ofender a nadie que, como mayoría, piensa lo contrario. Bueno no había dicho nada hasta hoy...
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Hoy, 13 de febrero de 2009, el Mercurio publica un artículo acerca del, recién fallecido, Álvaro Bordón.
Parece que era un economista muy importante. En uno de sus comentarios dice que, hablando de las drogas dijo:
Por dignidad, debiéramos legalizar la producción de cáñamo y el consumo de las drogas, al menos blandas, como cuando éramos independientes. Se podría aplicar un alto impuesto que lo desaliente, y con esos fondos hacer una política que reduzca la drogadicción, la corrupción y el crimen, además de permitirnos recuperar la libertad, ya casi perdida sólo por meras sospechas y denuncias de alguno que nos tiene mala.
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Me pregunto, ¿qué querrá decir por dignidad? y ¿cuando éramos independientes? ¿acaso ya no lo somos?


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