miércoles, diciembre 13, 2006

La muerte de Pinochet

Por haber nacido después de la Guerra Civil Española, nunca, durante mis años jóvenes pude saber lo que sentían los que habían peleado en ella.

Mi abuelo Pío, antes de la guerra, era socialista; él no hablaba, no decía nada. En Plasencia, Alta Extremadura, no había habido guerra como en otros lugares de España, principalmente porque había un gran cuartel de infantería que estuvo del lado franquista.

Del tío Eugenio, mi padrino, que le había pillado la guerra en Talavera de la Reina, lugar de izquierdas, solamente sabía que estuvo mucho tiempo escondido, le escondieron los mismos obreros; cuando regresó a casa estuvo más de un año sin hablar, volvió mudo. Nadie sabe lo que vio, nunca lo contó cuando más tarde recuperó el habla.

Luego se fue diluyendo todo, hasta que tuve 17 años que fui de viaje de estudios a París. En aquellos tiempos, antes de los 60s no eran muchos los españoles que salían al extranjero, por eso, cuando en un café oí hablar español me volví a saludarlos. Me miraron de forma extraña y luego trataron de reclutarme para su causa. No sé si era verdad o no, pero según decían ellos eran exilados y entraban y salían a España, cuando les daba la gana, a poner bombas. No eran vascos sino catalanes.

No me creí la historia puesto que en la España de Franco si alguien ponía una bomba solamente se enteraban los que escucharon la explosión y los familiares de los heridos y difuntos. De esas cosas no se hablaba.

Luego cuando a finales de los 60 fui a los Estados Unidos, en Washington tuve la oportunidad de ver las dos facciones, la embajada y los exilados, enfrentarse en terrenos culturales.

Había un gran grupo de profesores exilados españoles en la Universidad de Maryland.

Tuve oportunidad de conversar con D. Leopoldo Castedo, en aquellos tiempos desempeñándose en la O.E.A. Conversamos precisamente sobre España, e ingenuamente le pregunté, ¿por qué no va, aunque solamente sea de visita? Sin titubear me dijo y aún tengo grabado su gesto en la memoria, “pues porque si voy, me quedo y eso va en contra de mis principios”. Los dos rompimos a carcajadas y logré convencerle que nos diera una charla en el Club de España de Washington, sobre un maravilloso libro que esta preparando sobre el arte precolombino.

Lo mismo me ocurrió cuando fui a México. Recuerdo que en la calle Londres existía la Embajada Española. Pero claro como no había relaciones con España, quién allí se encontraban eran los diplomáticos de la República Española en el exilio.

No en balde México se había beneficiado con la llegada de 40.000 exilados españoles que con una parte del oro del Banco de España llegaron profesionales e intelectuales, de gran calibre, que ayudaron a forjar al presidente de México, Lázaro Cárdenas, su labor educadora del país mexicano.

Conversando con ellos, si bien se marcaban las diferencias y los sinsabores típicos del exilado forzado, nunca se llegaba a los extremos viscerales que me tocó ver, luego más tarde, en Miami con los cubanos vs., Fidel y ahora en Chile con los pinochetistas vs., los no-pinochetistas.

Recuerdo en Miami a un grupo de amigos cubanos, tan dados a las bromas como los chilenos.

Cuando nos juntábamos, al estar en mayoría me tomaban el pelo sobre España y Franco, cosa que no entendía mucho pues nunca me manifesté de ningún bando, pero como el tema era tomar el pelo, yo también partí por hacerlo contando las maravillas que Fidel había logrado en la isla.

Un día, decidí no transar más con el consabido tema y entre broma y broma, este comenzó a complicarse un poco, puesto que ya no estábamos todos de broma sino que algunos se lo estaban tomando en serio. Uno de los cubanos se levantó y me llamó aparte para indicarme que debíamos terminar pues uno de ellos se ponía muy mal y comenzaba a salirse de quicio sin control de las consecuencias.

Ante el asombro, retiré mis bromas y cambié de tema. A los diez minutos estábamos todos como si no hubiera ocurrido nada.

Todos menos yo, que me dejó meditando sobre esta situación.

¿Qué es lo que hace al hombre llegar a ser tan intransigente?

Si somos cristianos ¿es eso lo que nos enseña nuestra religión?

Después de haber vivido unos cuantos años en este país y ver lo que está ocurriendo con la muerte de Pinochet, vuelvo a ver esa intransigencia y odio visceral que nunca ví en los exilados españoles, pero sí en los cubanos y chilenos.

Son sentimientos que veo irreconciliables.

¿Seré yo el único que piensa así?

Leo en el periódico Las Últimas Noticias de hoy la carta de una española mucho más elocuente que yo.

Se la transcribo entera:


“Soy gallega, española de nacimiento y desde Galicia les hablo. La casualidad hizo que en mi vida se cruzase un chileno y después de superar dificultades, formásemos la familia tan hermosa que hoy tenemos.

Mi marido durante años formó parte de la Armada chilena y no oculta su simpatía por el régimen pasado, hoy más de actualidad que nunca.

Yo soy socialista, de familia socialista y admiradora de un Presidente muerto a balazos.

Nuestras diferentes formas de pensar no han mermado el amor que nos tenemos ni el respeto mutuo a nuestras individualidades.

Mi marido vino a España a buscar un futuro mejor, que tenemos después de mucha lucha.

Con tres años de matrimonio, casa propia, coche, una hija maravillosa; enviamos religiosamente dinero a Chile para ayudar a la familia que está allá.

Admiro a Chile y espero conocerlo en breve; por eso hoy me duele ver en los informativos el desprecio a mi propio pueblo español, que una reportera fuera agredida por hacer su trabajo y ser española.

Nosotros no hemos matado a Pinochet, el curso de la vida lo ha hecho.

El juez Garzón no pretendía matarle, sino juzgarle, no sé si acertada o desacertadamente, pero nunca de forma violenta.

Su dictador ha muerto, como lo hizo el nuestro y la vida ha seguido sin ellos. Personalmente me hubiera gustado que lo hubieran juzgado antes de morir, pero no hubo tiempo; ahora Dios y la historia lo juzgarán.

Me duele ver la ira de Chile contra España, porque mi hija lleva sangre de los dos pueblos y será educada con cariño y respeto hacia ellos.

Ahora somos nosotros los que acogemos a sus emigrantes, como en su día Chile acogió a los nuestros.

No podemos permitir que las heridas del pasado ensucien el presente.

La página de la dictadura ustedes ya la han pasado hace años, como nosotros, y debemos caminar juntos hacia un futuro mejor.


Sandra Bello N.”