lunes, julio 27, 2009

Meditando acerca de los puntos que el grupo Countdown 2010 propone para mejorar la biodiversidad en el mundo, me puse a pensar en el punto nº 8 que decía “Beber vino embotellado solamente con tapones de corcho”.

No hace mucho un ingeniero agrónomo, profesor de una universidad local, me pidió diera una charla a sus estudiantes, sobre el corcho.

Aunque hijo de corcheros, mis intereses siempre se alejaron
de los de mi familia, hacia la ingeniería y la informática; sin embargo, sentí el deber de romper una lanza en honor al corcho y me puse a investigar.

Por un lado descubrí que el gobierno chileno está interesado en promover la plantación de alcornocales y que algunas plantaciones ya se están llevando a cabo. Pueden leer esto en la revista de Tattersall, El alcornoque: Las perspectivas de producir corcho chileno.

Y ¿qué duda cabe?, Chile tiene clima mediterráneo, el alcornoque pide poca agua y no le importa la calidad del suelo y de eso hay harto en Chile.

Perfectamente el alcornoque podría ayudar a luchar contra la desertificación que poco a poco avanza hacia el sur.

Luego me puse a pensar sobre la pelea que ha habido en el triángulo amoroso del vino con el tapón de corcho y el de plástico.

Y digo ha habido, porque ya el vino, aunque aún no el chileno, ha aprendido a distinguir lo que le viene bien y lo que no; el tapón de plástico ha sido un amor pasajero que logró conquistar su corazón a través de mentiras.

La primera fue el sabor a corcho y los haloanisoles (TCA).
Esa mentira quedó ya demostrada y nadie le achaca más al corcho estos malos sabores, sino a la limpieza y cuidado en todo el proceso de embotellamiento, ya que la contaminación, puede venir de cualquier lado incluyendo los tapones de plástico.

Pero como los que incitaban a la mentira tenían padrinos poderosos (la industria petroquímica), trataron de ganarle de nuevo el corazón a la pobre botella de vino diciendo que era un asunto de economía, puesto que ¿para qué quería perder ella el tiempo con un tapón tan presuntuoso y caro como era el de corcho, cuando él la cuidaría igual por mucho menos?

Y aquí, me puse a investigar.

Premisas aceptadas:

  1. El vino es un elemento vivo que tiene un proceso de mejoramiento y decaimiento, durante su tiempo de vida.
  2. El tapón de corcho permite este proceso.
  3. El tapón de plástico detiene ese proceso.

Este último ganaba al de corcho en dos campos, en el que:

  1. Como el vino nuevo se consume en el año, no importa el tapón que se le ponga.
  2. El tapón de plástico es más barato que el de corcho.

Así pues, me concentré en estos dos puntos.

El Consejo Regulador de Navarra publicó un libro llamado “Lo que hay que saber sobre el vino” de José Sauleda. En él habla que, una vez fermentado el vino, tiene dos destinos: Los barriles de roble para los vinos de crianza, reserva y gran reserva y el envase o embotellado para el vino joven del año.

Nos da una tabla que muestra cómo la calidad del vino aumenta con el tiempo en botella, sellado con tapón de corcho.


Para mi sorpresa muestra una curva del vino joven que interpreta de la siguiente manera:

Corresponde a un vino joven, que mejora rápidamente a). Su color es, en el caso de los tintos, rojo cereza y algo amoratado. Su sabor, astringente. Pronto estará en optimas condiciones para ser bebido (A) tomando tonos morado y púrpuras. Los taninos, que le habían dado aquella astringencia van desapareciendo, presentándose con un aroma fuerte y agradable Rápidamente a los pocos meses, va perdiendo sus cualidades (B) adquiriendo tonalidades, rojo cereza hasta que pierde brillantez, viveza y muchos de sus aromas (b).

Es decir, que si al vino joven lo embotellamos con tapón de corcho su calidad aumentará considerablemente en un año y medio o dos años.

Entonces ¿por qué no lo embotellan con tapón de corcho en lugar de tapón de plástico?
La contestación es viene pronta: Porque el tapón de corcho es mucho más caro.

Investiguemos…

Los tapones de corcho tienen muchas clases y todas ellas dependen del fabricante y los precios que haya querido pagar el fabricante de vinos.

Un buen tapón de corcho cuesta en España entre $250 y $300 pesos chilenos.

Los tapones de plástico cuestan alrededor de $70 pesos.

Bastante diferencia, en efecto.

Pero no es necesario poner un tapón bueno a un vino que no va a durar más de 3 a 4 años, entonces, ¿por qué no le ponen un tapón de tercera clase?

Nadie contesta.

Vuelvo a preguntar ¿Cuánto cuesta un tapón de tercera clase?
$70 pesos.

Es decir que por el mismo precio, por razón desconocida, se le está deteniendo su proceso de vida al vino colocándole un tapón de plástico, en detrimento de una calidad que puede ser saboreada por el consumidor.

Espero estar equivocado pues, de ser cierto lo que he descubierto, parecería que los fabricantes de vino embotellan estos vinos para los que no aprecian la calidad y solamente beben para emborracharse.
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Este es el PP sobre el que hablé en la charla...

viernes, febrero 13, 2009

El negocio de la droga

Allá a finales de los años 70, en uno de mis constantes viajes de trabajo, llegaba a la hermosa ciudad de Bogotá.

Mi buen amigo Hernando Clavijo, como siempre, me recibía con esa hermosamente aplastante hospitalidad de los colombianos y después de llevarme al hotel, me indicó iríamos a juntarnos y cenar con un grupo de amigos.

Camino del lugar me aclaró que era una cena del Rotary Club en la cual su joven yerno daría una charla acerca de la coyuntura económica de Colombia.

Por aquellos años, si bien eran conocidos los carteles de la droga, esta se centraba en mercados importantes, tales como Estados Unidos o Europa, pero tanto en Colombia como en el resto de Latinoamérica no existía el rampante consumo de hoy día.

El joven, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, ocupaba uno de los puestos más altos en el ministerio de economía y comenzó hablando de la presiones que recibía el gobierno por parte de los Estados Unidos con objeto de controlar las enormes plantaciones de marihuana existentes en la Guajira Colombiana, donde los agricultores disponían de incontrolada acción para la exportación de su producto

El dilema era que, para hacerlo, Colombia necesitaba armarse y el ejército no estaba en condiciones y mucho menos la Policía, ya que enfrentarlos implicaba una inversión en armamento, del más moderno, con objeto de estar a la par del enemigo.

Si bien los Estados Unidos estaban dispuestos a pagar la cuenta, esto no satisfacía a nuestro joven economista, pues había una especie de “status quo” entre los “agricultores” y el gobierno de no entrometerse en los negocios del otro y hacerlo traería un desbalance de fuerzas, en lo social y lo militar.

Como buen economista, indicó que después de todo, el beneficio de las “exportaciones no tradicionales” se empezaban a ver en la costa norte ya que parte de las divisas se invertían en infraestructura local.

Sin embargo, por otro lado, dejó entrever su preocupación: Si bien no tenía cifras exactas, el volumen de dinero que movían estas exportaciones se comparaba a un alto porcentaje del PIB de la nación. Esto traía consigo que existía y no dudaba de su importante aumento futuro, de un movimiento de capitales de notable importancia, incontrolados por el fisco colombiano.

Como consecuencia esto estaría llevando a un gran desequilibrio económico en el país.

Ante los atónitos oídos de su audiencia propuso: Yo veo como única solución de presente y de futuro a este problema, la legalización de las drogas blandas.

Las razones que dio eran simples, todo aquel que quiera drogarse lo va a hacer y no le va a importar el precio. Controlar el consumo y erradicación de los carteles de las drogas.
A partir de ese momento continuó explicando las series de controles que se deberían aplicar para poner en prática su idea y su presentación, si bien fue un shock en su momento, acabó dejando al auditorio en estado de meditación.

Parece ser que el aventajado economista no siguió en su puesto por mucho tiempo, pues poco después el gobierno tomó la otra alternativa.

Desde entonces y a la vista de los resultados que premonitoriamente anunciaba el joven economista, he llegado cada vez más a la conclusión que tenía toda la razón. Claro, nunca lo he dicho por no ofender a nadie que, como mayoría, piensa lo contrario. Bueno no había dicho nada hasta hoy...
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Hoy, 13 de febrero de 2009, el Mercurio publica un artículo acerca del, recién fallecido, Álvaro Bordón.

Parece que era un economista muy importante. En uno de sus comentarios dice que, hablando de las drogas dijo:

Por dignidad, debiéramos legalizar la producción de cáñamo y el consumo de las drogas, al menos blandas, como cuando éramos independientes. Se podría aplicar un alto impuesto que lo desaliente, y con esos fondos hacer una política que reduzca la drogadicción, la corrupción y el crimen, además de permitirnos recuperar la libertad, ya casi perdida sólo por meras sospechas y denuncias de alguno que nos tiene mala.

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Me pregunto, ¿qué querrá decir por dignidad? y ¿cuando éramos independientes? ¿acaso ya no lo somos?